Junio.
El calor angustia, se filtra por las rendijas de cuanto sitio halla, incluso por los resquicios de mi cuerpo, y me impide llevar a cabo la labor que amerita mi existencia.
Aquí, en esta ciudad porteña la noche ha caído. Los perros de agua se refrescan el alma con letras, con recuerdos, con esbozos del tiempo; antídoto seguro contra el estreñimiento mental. Yo en tanto imagino y pienso, desangro mis ideas, asesino una que otra manifestación de creación, y me tiendo sobre la cama con la única intención de olvidar.
¿Por qué siempre estoy intentando olvidar?
El mar, inmenso horizonte nostálgico, me recuerda cuán diminuta soy. Y esa nostalgia que es propia de las figuras y habitantes porteños me ataca, me hace creer que dentro de este cuerpo hay tantos pensamientos que no encuentran cabida más allá de mi epidermis.
Vomito pensamientos sin lograr encontrar el origen en ello, sin saber si todo lo que se forma dentro de mí tiene una razón de ser.
¡Silencio! El ferrocarril se aproxima, trae nuevas imágenes, misivas de ti, pasiones sonoras, y me recuerda noche a noche que es hora de marchar a otra ciudad, a donde las arenas de incertidumbre no me escondan, no me sepulten, no me envenenen.
Los vagones avanzan.
No puedo dejar de pensar en estas palabras. No puedo dejar de pensar en la vida, en la muerte, en mí.
[…] Es una experiencia repulsiva o, más exactamente, revulsiva: consiste en un abrir las entrañas del cosmos, mostrar que los órganos de la gestación son también los de la destrucción, y que desde cierto punto de vista (el de La Divinidad) vida y muerte son lo mismo.
Los días pasan.
Ella.
El calor angustia, se filtra por las rendijas de cuanto sitio halla, incluso por los resquicios de mi cuerpo, y me impide llevar a cabo la labor que amerita mi existencia.
Aquí, en esta ciudad porteña la noche ha caído. Los perros de agua se refrescan el alma con letras, con recuerdos, con esbozos del tiempo; antídoto seguro contra el estreñimiento mental. Yo en tanto imagino y pienso, desangro mis ideas, asesino una que otra manifestación de creación, y me tiendo sobre la cama con la única intención de olvidar.
¿Por qué siempre estoy intentando olvidar?
El mar, inmenso horizonte nostálgico, me recuerda cuán diminuta soy. Y esa nostalgia que es propia de las figuras y habitantes porteños me ataca, me hace creer que dentro de este cuerpo hay tantos pensamientos que no encuentran cabida más allá de mi epidermis.
Vomito pensamientos sin lograr encontrar el origen en ello, sin saber si todo lo que se forma dentro de mí tiene una razón de ser.
¡Silencio! El ferrocarril se aproxima, trae nuevas imágenes, misivas de ti, pasiones sonoras, y me recuerda noche a noche que es hora de marchar a otra ciudad, a donde las arenas de incertidumbre no me escondan, no me sepulten, no me envenenen.
Los vagones avanzan.
No puedo dejar de pensar en estas palabras. No puedo dejar de pensar en la vida, en la muerte, en mí.
[…] Es una experiencia repulsiva o, más exactamente, revulsiva: consiste en un abrir las entrañas del cosmos, mostrar que los órganos de la gestación son también los de la destrucción, y que desde cierto punto de vista (el de La Divinidad) vida y muerte son lo mismo.
Los días pasan.
Ella.

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