lunes, 15 de junio de 2009

Cartas Porteñas II.


A Henrie Miller.

El calor persiste, no se detiene, sigue fraguando la forma en que me despojará de la tranquilidad en la que de momento mi cuerpo se halla, tranquilidad figurativa, puesto que mis pensamientos fluyen agitados cual transeúntes a las 7 de la mañana en la estación del metro sub urbano.
Recostado sobre un viejo catre que muy bondadosamente un hijo de la humanidad ha tenido a bien procurarme, dispongo del tiempo, recurso infinito que ha venido a ser sobrevalorado por los hombres, para fijar mi atención en la dulce figura mortecino.
Cada noche, cada mañana, a cada segundo, estoy muriendo. He venido a este mundo para morir, y me niego rotundamente a aceptar que esa sea la ineludible realidad de todo cuanto observo, puesto que mi espíritu ha sido ahogado en los lagos de la eternidad, y no comprende la palabra “perecer”, aunque a diario se encare con el contenido.
Y pregunto yo, ¿qué habremos hecho para estar tan llenos de melancolía? Una voz lejana contesta “Haber nacido en un tiempo que no nos correspondía”.
Y nos aferramos fuertemente a la vida sin siquiera vivirla, y observamos los extremos, de los cuales somos inquilinos. Qué espantosa, y a la vez, hermosa imagen manifiesta mi cuerpo, a donde un hondo abismo se forma, y en él se precipitan la luz y la oscuridad del Universo, y yo les recibo, pero fatigados mis retazos optan por expulsar todo lo que llevan consigo. Es entonces cuando la energía suspendida huye fuera de las tres capas que retienen mi espectro, empapan mi dermis, y la belleza del instante se vuelve infinitesimal, capaz de demostrar la grandeza de esta terrible caja de Pandora.
Poco a poco entiendo que para vivir es necesario saber morir, aceptar conscientemente que nuestro momento es breve. No es cierto que nacimos para ser clasificados, no es cierto que yo nací para ser escritor, artista, mujer, hombre, don Juan, puta o virgen. He nacido para vivir, para existir realmente, y ello implica todo en lo que pueda mutar; ser, simplemente ser, y mentira es, que no somos deliciosamente imperfectos.
De momento el tercer ojo que continuamente tengo en paro laboral ha resucitado, y me dice casi en secreto que mañana olvidaré esto, que no lograré comprender las razones que hoy mismo me tienen de pie, pero que al igual que en un sueño, no recordaré lo que he vivido, pero intuiré por la sensación de bienestar que fue realmente bello, y por ello estaré en expectativa de un nuevo acontecimiento.
“Todo lo que hago es tratar de encontrar cosas nuevas. Cada que nace el día nazco yo por vez primera, igual entonces le pregunto al día sobre la luz, sobre los árboles y sobre la vida. Todos los días me pongo los ojos con ansias de ver lo mismo, cada vez distinto. Todo cambia y se mueve (cuando menos me lo espero yo también he cambiado, he crecido). Así se me va la vida junto con los días, sin darme cuenta han pasado los años y he visto nacer al día 7799 veces. He visto las 7799 cosas más bellas del mundo frente a mí, y las he vivido, las he sentido. De entre todas esas cosas bellas que recuerdo y llevo dentro —en alguna cajita de mi cuerpo— está aquel color verde.
Cuando muerta también quiero contar los días de mi muerte y morir las veces que sean necesarias para comprender que he muerto, en la muerte las cosas también pueden llegar a ser lindas”
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Fotografía de M. C. (2009).

sábado, 13 de junio de 2009

Visitas Inesperadas

Te encaminarás hasta la puerta. Y te detendrás al escuchar voces al otro lado. Serán voces que sonarán amigables al principio. Identificarás la dulce voz de tu marido. Pero luego te cuestionarás por la otra voz ronca. Pensarás: “¿De quién podrá ser? A estas horas de la noche es raro que lleguen visitas…”. Continuarás escuchando con curiosidad detrás de la puerta. Inocente curiosidad que, poco a poco, se convertirá en morbo. Luego, el de la voz ronca ofenderá a tu marido. Éste se defenderá con un comentario todavía amistoso. Pero el otro atacará nuevamente con un tono sarcástico que incomodará a tu esposo y a ti. Tu esposo le dirá con un acento mal fingido que no le importa lo que le diga. Pero el otro reiterará su agresión con un nuevo comentario que desembocará en lo más hostil que jamás hayas escuchado. Tu marido, que hasta entonces intentaba no molestarse, subirá el tono y sonará como si hubiese golpeado con el puño cerrado sobre la mesa. Una risa bronca e irónica empapará ambas habitaciones. Tu esposo pedirá que se tranquilicen pero será demasiado tarde porque empezarán a oírse salvajes estrujones.
Tu rostro será un enorme signo de interrogación. Te preguntarás, nuevamente, quién podrá ser el dueño de tan perturbadora voz. Pensarás que es necesario que entres antes de que uno de los dos salga muerto a golpes… o a palabras. Y sabrás, con seguridad, quién podría llevarse la peor parte. Así que colocarás temerosamente la mano sobre la cerradura, mientras continuarás oyendo estrujones, cada vez más fuertes. Oirás que murmuran con desesperación. Luego, una nueva risotada áspera y desagradable. Girarás la perilla de inmediato y arrojarás con toda tu fuerza la puerta. Te sorprenderás al darte cuenta de que allí solo se encontrará tu esposo. Y te volteará a ver precipitadamente, muy asombrado, pero no más de lo que tú estarás. Él, moverá sus manos sobre su cabello intentando acomodarlo. Hará lo mismo con su ropa. Y al final, te obsequiará una mueca retorcida que te aterrará aún más que la charla que escuchaste detrás de la puerta.

Cartas Porteñas

Junio.

El calor angustia, se filtra por las rendijas de cuanto sitio halla, incluso por los resquicios de mi cuerpo, y me impide llevar a cabo la labor que amerita mi existencia.
Aquí, en esta ciudad porteña la noche ha caído. Los perros de agua se refrescan el alma con letras, con recuerdos, con esbozos del tiempo; antídoto seguro contra el estreñimiento mental. Yo en tanto imagino y pienso, desangro mis ideas, asesino una que otra manifestación de creación, y me tiendo sobre la cama con la única intención de olvidar.
¿Por qué siempre estoy intentando olvidar?
El mar, inmenso horizonte nostálgico, me recuerda cuán diminuta soy. Y esa nostalgia que es propia de las figuras y habitantes porteños me ataca, me hace creer que dentro de este cuerpo hay tantos pensamientos que no encuentran cabida más allá de mi epidermis.
Vomito pensamientos sin lograr encontrar el origen en ello, sin saber si todo lo que se forma dentro de mí tiene una razón de ser.
¡Silencio! El ferrocarril se aproxima, trae nuevas imágenes, misivas de ti, pasiones sonoras, y me recuerda noche a noche que es hora de marchar a otra ciudad, a donde las arenas de incertidumbre no me escondan, no me sepulten, no me envenenen.
Los vagones avanzan.
No puedo dejar de pensar en estas palabras. No puedo dejar de pensar en la vida, en la muerte, en mí.

[…] Es una experiencia repulsiva o, más exactamente, revulsiva: consiste en un abrir las entrañas del cosmos, mostrar que los órganos de la gestación son también los de la destrucción, y que desde cierto punto de vista (el de La Divinidad) vida y muerte son lo mismo.

Los días pasan.

Ella.

martes, 9 de junio de 2009

Señorita Lujuria.


Lujuria vestía con mi piel de siete a doce. Todas las noches en la misma esquina tramaba la fabulosa idea de seducir al vecino (casto por expiación).
Lujuria coqueteaba con guiños a la casualidad, si se le antojaba se acostaba con un hombre, mañana con un niño, daba igual, daba igual. Nunca se enamoró, no tenía tiempo para esas fanfarronerías, para ella todo era fiesta y vida, vida que besaba con sus labios de puta fina. Oh, Lujuria, tienes el tacto más exquisito que he sentido en mi existencia, masturbas mis pensamientos sobre colchones de deseo, y con el falo erecto —vale la pena hacer mención que aún cuando tu nombre denota género femenino, a veces te conviertes en hermafrodita— penetras el santuario de cuanta dama beatificada se te cruza en el camino.
Oh, Santa Naturaleza de los benditos mundanos, porqué enamorarme de una gran sin vergüenza que se viste con mis pieles para después votarme desnuda en cualquier cama.

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Fotografía de M. C. (2009).